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PUNTO DE VISTA

Matar y morir a toda prisa

Por Jorge Hirschbrand. Cuando alguien viola sistemáticamente las leyes de tránsito, sobre todo las graves, ¿mata sin querer?
Matar y morir a toda prisa

20 de Diciembre de 2012 07:27

Es cuestión de cruzar una línea. O dos. Es el punto límite en el que alguien, cualquier persona, puede convertirse en un asesino y, de quedar vivo, ser condenado como tal. No ocurre con frecuencia, pero las leyes contemplan esa posibilidad. Que jueces y fiscales no sepan los procedimientos o que no se esfuercen en hacer cumplir las normas, es otra historia.

El martes en Mendoza fue un día interesante para analizar desde el punto de vista de la seguridad vial. Si bien la agenda de los medios pareció colapsada por la muerte del empresario Armando Genco –hecho en el que, además, falleció una mujer–, hubo una sentencia condenatoria contra un joven que, según el relato de lo acontecido, intentó sobrepasar a otro auto, cruzó la doble línea amarilla y atropelló y mató a un chico.

Tanto para la Tercera Cámara del Crimen de la Provincia como para el fiscal del caso existió la figura de "dolo eventual". Por eso, el juicio terminó con el conductor preso. Y porque, a contramano de lo que ocurre con este tipo de episodios, se valoró y se puso en dimensión la conducta del imputado.

Cruzar una línea amarilla no es sólo una falta grave. Es un delito, porque su existencia en el medio del pavimento tiene un objetivo específico: informar a los conductores que por allí no hay posibilidad de sobrepaso, que es peligroso, y que, de hacerlo, se estaría corriendo un gran riesgo tanto para quien comete la infracción como para un tercero que puede salir perjudicado.

Más o menos así se puede explicar esta figura de "dolo eventual". Es un concepto que sirve para desacreditar la hipótesis de un accidente. Lejos de ser una cuestión eventual, es un choque provocado por alguien que, a sabiendas del daño que puede hacer, toma la decisión de seguir adelante sin importarle nada.

Muy pero muy cerca de esa idea está la "culpa con representación". En este caso, el sujeto comprende que su conducta puede inferir un peligro pero estima que el riesgo es bajo o nulo y por eso actúa de esa manera.

En ambos casos, para saber realmente cuál fue la motivación de una persona para cruzar una doble línea amarilla o pasar un semáforo en rojo, habría que estar dentro de la cabeza de quien iba al volante y preguntarle en qué pensaba antes de generar una tragedia.

En ese punto entra a jugar la capacidad de los magistrados para leer el resultado de los peritajes y analizar las declaraciones de los testigos. En el caso mendocino –en el que un joven de 19 años murió tras ser atropellado–, los jueces entendieron que al conductor le dio exactamente lo mismo saber que podía matar a alguien si tomaba la decisión de pasar a otro auto de manera irregular. Aceleró, atropelló, mató y fue condenado como un asesino.

Pero, no siempre, la Justicia funciona de esa manera. Hay pruebas de ello. Uno de los casos paradigmáticos es el de Sebastián Cabello, el hombre que mientras corría picadas en la Ciudad de Buenos Aires y chocó a un auto en el que viajaban una veterinaria y su hijita: ambas murieron tras incendiarse el vehículo.

Cabello fue condenado en principio a doce años de prisión. Dos años más tarde, una Cámara argumentó que Cabello no tuvo la intención de matar; cambió la calificación a "homicidio" culposo y redujo la pena a tres años de prisión, con lo que el acusado pudo recuperar la libertad.

Tampoco hay que olvidar el caso de Rodrigo La Hiena Barrios, juzgado por provocar un choque que le costó la vida a una mujer embarazada. Fue condenado también bajo el cargo de "homicidio culposo". Técnicamente, mató sin querer. Entonces surge una pregunta: cuando alguien viola sistemáticamente las leyes de tránsito, sobre todo las graves, ¿mata sin querer?

Existen los problemas mecánicos y las fallas humanas que, cuando coinciden, pueden provocar un accidente en el sentido estricto de la palabra. Porque un accidente es, por definición, algo involuntario. De ahí que la frase "vas a provocar un accidente" sea contradictoria. Si hay una provocación hay una intencionalidad.

También cabe una cuota de responsabilidad del Estado en materia de seguridad vial. No sólo en materia de controles o en campañas de prevención , sino en garantizar condiciones óptimas de los caminos, aunque no es un argumento válido para justificar cualquier tropelía al volante.

Luego del impacto entre la moto que conducía Armando Genco y el auto que regresaba de Tunuyán hacia Mendoza con dos mujeres y un nene a bordo, una de las autoridades policiales de la zona dio un dato meramente objetivo, pero a partir del cual comenzaron a tejerse todo tipo de hipótesis sobre cómo había sido la mecánica del choque y si, virtualmente, se trataba de un accidente o de un hecho que se podría haber evitado. El velocímetro de la moto BMW que conducía el empresario se quedó clavado en un número que llamó la atención: 170 kilómetros por hora.

No significa que Genco haya ido a esa velocidad. Como explican los especialistas, podría haber ido a 200 kilómetros y el velocímetro bajar a cero luego de la colisión.

Como sea, la distancia a la que salió despedido el cuerpo y ese 170, que se convertirá en un indicio más en la investigación, indican que se habían rebasado todas las velocidades permitidas en la zona. Es una cuestión física, en la que se vinculan los parámetros de fuerza, velocidad e inercia.

Es ahí donde emerge la figura de Ana Laura Ferreyra en la historia, la chica que conducía el Ford Escort contra el que se estrelló Genco. El golpe no le dio ninguna chance. El lugar que habitaba en el auto es el que absorbió la violencia del choque. Murió en el acto, sin fama, sin dinero y sin tanto espacio en los medios.

Un perito que tuvo acceso a la información que hay en la causa, y que por cuestiones obvias pidió reserva, sentenció: "Sin entrar en un análisis profundo, lo único que puedo decir es que si alguien sabía perfectamente cuáles eran los riesgos de ir tan rápido, ese era el hombre que manejaba la moto. Sabía que a cierta velocidad era vida o muerte. Evidentemente, no tuvo en cuenta que eso podía involucrar también a otra persona".

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